La serie batió los récords en la plataforma,
con 111 millones de visualizaciones tras su primer mes de estreno en
septiembre pasado. Es, por hoy, la serie con mayor audiencia en el
registro de Netflix y la tendencia solo sigue creciendo como la espuma.
Hablando de capitalismo puro y duro, el medio de noticias RT reveló que documentos internos de esa compañía que fueron filtrados, revelaron que El juego del calamar
permitiría generar casi 900 millones de dólares de ingresos para
Netflix. Por otra parte, la producción de la serie surcoreana costó 21,4
millones de dólares, unos 2,4 millones por episodio. En números,
hablaríamos de unos más de 878 millones de dólares en plusvalor, para
disgusto de Karl Marx.
Los detalles de esta publicación parten de
los inquietantes "parecidos razonables" entre la serie y el mundo real.
Así que desde este punto activamos nuestra gran ALERTA DE SPOILER
adelantando que solo tendría sentido seguir leyendo si usted ya ha visto
la serie completa.
El juego del calamar, que en teoría
parece un retrato distópico de la sociedad surcoreana y de un sórdido y
sangriento concurso, es mucho más que la historia de personas endeudadas
o una referencia a la crisis de endeudamiento entre los ciudadanos
surcoreanos, lo cual es una realidad. La serie es un planteamiento entre
líneas de lo más brillante que ha surgido en los últimos años, desde la
industria cultural, en clara referencia al sistema capitalista mundial.
En referencia al éxito de la serie, son
comunes críticas y expresiones en los medios declarando, a modo de
asombro, cómo es que una serie con códigos coreanos podría tener
trascendencia global. La respuesta está en que los códigos del
capitalismo han sido homologados a escala global.
Para no matizarlo, y en palabras del propio Hwang Dong-hyuk,
creador y director de la serie, esta es "una fábula acerca de la
sociedad capitalista moderna, algo que representase una competición
extrema".
En el juego del calamar real, todos jugamos
La serie refiere de manera abierta a un grupo
de aspirantes, endeudados, empobrecidos, en ocasiones dejando claro que
su destino en el juego es inexorable por sus "propias faltas"
económicas que los llevaron a la bancarrota. El punto de partida
estigmatizante de la serie no se refiere estrictamente a un grupo de
surcoreanos. En realidad hablan de todos nosotros, pues usted, al igual
que yo, formamos parte del 99% de la población mundial que no es parte
de la elite del capitalismo global.
En la serie dejan por sentado de manera
clara que las decisiones económicas de los participantes los han llevado
hasta ahí. Sin embargo, los participantes que retoman el juego luego de
haberse suspendido son, sin duda, reincidentes que "no tienen otra
opción" sino participar.
La serie nos refiere la falsa creencia en la
democracia liberal, la inutilidad de decidir "salir del juego", pues
obligatoriamente debemos volver a él "a voluntad".
Por supuesto que la serie no se refiere a
surcoreanos endeudados, sino que se refiere a todos nosotros, por
nuestra obligatoriedad de participar en el juego del capitalismo y
hacerlo "a voluntad". Nosotros, al igual que los personajes de la serie,
elegimos entre reglas de un sistema económico que no decidimos y en un
contexto que no podemos controlar.
En términos estrictamente prácticos y reales,
y aplicando esta lógica para nosotros, quien quiera deslindarse del
capitalismo tendría que retirarse a una montaña y volverse ermitaño,
sumido y relegado en lo que en el capitalismo entendemos como "pobreza".
En caso contrario, y ese es nuestro caso, formamos parte del sistema,
pues este nos obliga a vivir en él, a convivir con él y acorde a sus
reglas.
El tratamiento que la serie da a los
endeudados, apostadores, maleantes y pobres que participan en el
juego es idóneo para quienes cometen "faltas" dentro del capitalismo. La
principal de ellas es no contar con privilegios económicos y, por ende,
tener que participar en un juego extraño, que tampoco eligieron. ¿Les
suena familiar?
Otra máxima que explica la serie es que, para
ser rico, para adquirir los privilegios, necesariamente hay que aspirar
y seguidamente competir.
La serie relata una lucha supervivencial y
aspiracional de los participantes, que va frente a las propias reglas
impuestas por el sistema y contra los demás participantes, en un
planteamiento claro, de competitividad y de canibalización.
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"El juego del calamar" expone códigos propios del totalitarismo capitalista (Foto: TMZ) |
Más allá de los dilemas morales que son
planteados por el personaje principal, Seong Gi-hun y otros
participantes, quienes sufren los estragos del "sistema", lo que
prevalece es la obligación de competir, o tal como reza la regla número 2
del juego, "el jugador que se niegue a competir será eliminado".
Tal como en el capitalismo, en nuestro mundo, si no juegas, mueres (a menos que decidas irte a vivir solo a una montaña).
Algunos microrrelatos del capitalismo, hechos personajes
La semiótica de El juego del calamar
es brillante, por presentar de manera diferenciada una especie de
retrato de la estratificación social y la división de roles sociales.
Vestidos con monos verdes, estamos todos los
participantes, víctimas, sobrevivientes y aspirantes en este juego que
jugamos "a voluntad". Vestidos de fucsia, y también con su propia
estratificación basada en figuras geométricas en sus máscaras (en clara
alusión a las teclas de un Playstation) tenemos a las representaciones
del Estado, sin rostro real, con sus expresiones de poder, de fuerza y
control, su impartición de reglas, justicia y orden.
La serie presenta a un "líder" enmascarado de
negro, otro personaje anónimo, con posición superior, pero que a fin de
cuentas es un servidor, un organizador y un articulador más, como una
representación de las altas instancias del poder político. Y en la
sombra, a quienes los enmascarados sirven, un grupo de VIPs,
privilegiados, artífices y principales beneficiarios de todo ese
andamiaje. La referencia es obvia.
La serie incluso se permite presentar los
mecanismos de legitimación del sistema. Es decir, las escenas de los
guardias y el médico que extraían órganos de las víctimas son un retrato
de la corrupción en el capitalismo liberal, cuando algunos con ciertas
posiciones mínimas de poder vulneran el aparato violentando las reglas.
Tal lógica de corruptos y corruptores procesados por el "sistema"
también aparece en la serie mediante la modalidad de castigo y
exhibición (en la serie, con cuerpos colgados), un mecanismo de
autorregulación en esa microsociedad, para que permanezca la creencia y
el espíritu de la meritocracia entre los participantes.
Adicionalmente figuran otros estereotipos
sociales que son representados por los personajes de la serie, dejando
poco para la reflexión del espectador por su obviedad.
Tenemos en segunda línea a Cho Sang-woo, el
segundo personaje más importante, quien es un clásico aspirante,
ejecutivo y graduado de la Universidad de Seúl. Un yuppie y estereotipo liberal, quien seguramente vota a la derecha y repite que "la gente es pobre porque quiere".
Abdul Ali, un inmigrante paquistaní, quien
representa evidentemente a los inmigrantes explotados y traicionados por
el capitalismo y sus meritócratas.
Tenemos al hombre de los memes, Oh Il-nam, el
anciano, quien pese al giro de su personaje al final de la serie,
representa a lo largo de su trama el trato de "chatarra humana" que
reciben los viejos en una sociedad competitiva.
Jang Deok-su, el gánster, el matón con
intenciones de volverse millonario, un símbolo de la transgresión y la
aspiración por métodos violentos y de la creencia en el ascenso desde la
lógica del crimen.
Figura con mucha relevancia es el personaje
de Kang Sae-byeok, la desertora norcoreana, que en la serie perece más
bien representar a una mujer que intenta abrirse paso en un mundo
dominado por hombres. Relegada en ocasiones por un contexto que
privilegia el uso de la fuerza o las capacidades del macho en un
contexto competitivo.
La serie, en medio de los cuestionamientos
morales que hace, también presenta un factor de transgresión al
"sistema", que es representado por el personaje de Hwang Jun-ho, un
policía que se infiltra en la isla y que intenta desbaratar al sistema
desde adentro. Es, acorde a la semiótica de la serie, el factor que
representa la disidencia.
La exacerbada competencia y su moraleja
El arco narrativo de la serie, pero
especialmente sus mensajes en códigos abiertos y entrelíneas, se fundan
en el "gran premio final", un cerdo transparente lleno de billetes, como
propósito crucial para los participantes. Acorde a la lógica de los
juegos y acorde a la misma lógica del sistema capitalista, concurre un
sistema piramidal, en el que si otros "pierden" el premio es más gordo.
El metamensaje de la serie es que el capitalismo es un "juego" en el que participamos "a voluntad" (Foto: Infogeeks)
En el mundo real esta lógica se explica por
los propios procesos metabólicos del capitalismo liberal. Para que
existan muy pocos ricos, debe haber muchísimos empobrecidos o
"fracasados". En eso consiste el sentido de la competencia y tal cosa
está respaldada en cifras. Acorde a datos de 2020 de Oxfam,
las 2 mil 153 personas más ricas del mundo poseen más riqueza que los 4
mil 600 millones de personas más pobres del mundo. Por cada gran rico
en el mundo, ocurre la multiplicación de pobres.
El juego del calamar plantea de
manera nada inocente a los juegos infantiles como vehículo narrativo,
pues son esos mecanismos de programación que vivimos desde la infancia y
que nos desarrollaron el sentido de la competitividad, determinantes en
nuestro devenir.
De hecho, cada juego en la serie deja un
mensaje. Tal es el caso del juego "Luz roja, luz verde", o el
establecimiento de hecho de que si te equivocas, si das un mal paso, un
mal movimiento, pierdes, acorde a las reglas del sistema capitalista. Es
decir, la referencia va a nuestro marco de acierto y apego a las
reglas.
En el "juego de la galleta" la referencia es
mucho más obvia. Si decides mal, tienes más posibilidades de perder. Tal
como en el capitalismo, a la hora de elegir a temprana edad una carrera
universitaria, o un puesto de trabajo o un plan de negocios.
El juego "Kkanbú" o el juego de las
canicas nos enseña que en el capitalismo, para ganar, alguien debe
perder, no importan aquí los vínculos ni las relaciones de distancia. La
promesa del ascenso social aparece en este juego, pues su resultado es
el mismo que el que concurre en nuestro mundo real y que asumimos con
naturalidad. El talento, la inteligencia, pero también la astucia y el
aprovechamiento del de al lado, es un denominador de las relaciones
laborales en todo el mundo. En ocasiones debes superar o timar a tu
compañero de al lado para una promoción laboral.
En el juego del "Puente de cristal" queda más
cristalina la lógica del mundo liberal. Otros deben caer para tú
avanzar, para tú saber donde pisar. El conocimiento y la pericia es un
bien apreciado en el capitalismo, desde todos sus ángulos. Esto aplica
al hombre que sabía reconocer los tipos de cristal, pero no siempre
basta para alcanzar el éxito, pues en ocasiones se impone la astucia, el
sentido de la oportunidad y la capacidad de empujar a otros al vacío.
En El juego del calamar, el juego
final, la lógica imperante de la competitividad queda más expuesta.
Consiste en el uso descarnado de la fuerza y la confrontación como único
medio para el éxito. Esa lógica aplica desde la confrontación entre
empresas y hasta de países, es transversal al mundo capitalista, nos
concierne, pues de alguna manera estamos imbuidos y obligados a ella.
El denominador común de todos los juegos es
que la situación de "fracaso" de los participantes siempre recae sobre
su propia responsabilidad, nunca por el contexto, nunca por las reglas,
nunca por la agresión ni el abuso de otros. El perdedor siempre es
responsable de su derrota por no haber contado con la fuerza, la
inteligencia y, en muchos casos, la malicia.
Ese es un componente narrativo claramente conectado con el metarrelato del capitalismo liberal, el lenguaje de coaching, el discurso del emprendimiento y toda esta parafernalia que el filósofo también surcoreano Byun-Chul han ha cuestionado en La sociedad del cansancio:
el sistema nos culpabiliza y nosotros asumimos ello sin confrontarlo,
protegiendo al sistema y centralizando exclusivamente en nosotros
nuestro destino, como si no hubiera un contexto.
Entre un juego y el otro, la lucha
supervivencial y aspiracional de los participantes transita por las
presentaciones más abyectas, como matarse entre sí, eliminar a los
débiles, crear alianzas y traicionar. Evidentemente, la serie apunta a
la presentación más abyecta de la ética individualista y oportunista,
claves del "éxito" en nuestro mundo.
La serie también tiene referencias y
contrapesos lógicos y morales. Seong Gi-hun, el héroe de la serie, es de
principio a fin un referente de ingenuidad, de justicia y de apego a la
ética, de hecho, a lo largo de casi toda la serie es un transgresor de
la lógica del juego incluso hasta luego de este, luego de ganar y luego
desafiando a los organizadores al final, lo cual promete una nueva
temporada sumamente distinta a lo que se vio en estos nueve capítulos.
A fin de cuentas, como en toda fábula, pero
repleta de ironía, resulta vencedor uno de los menos indicados. Lo que
debe entenderse como una abierta mofa a las propias lógicas del
capitalismo, o también, un guiño a la creencia de que "cualquiera puede
lograrlo". Eso debemos decidirlo como espectadores. Digamos que los
creadores de la serie prefirieron un "final feliz" para gusto del
espectador y nuestra creencia de quiénes deben ser "los merecedores del
éxito". Los de la audiencia siempre nos inclinaremos por "los buenos",
aunque el mundo real nos diga que no siempre ganan.
Eso sí, no olvidemos que incluso el más
benévolo de los personajes tuvo que mancharse las manos timando al
anciano en el juego de las canicas. El capitalismo puede hacer de un
hombre bueno, una bestia, si es sometido a ciertas circunstancias y todo
ello será entendido y legitimado por el propio contexto.
El final moralizante de la serie propone un
demoledor discurso moral. Nada es gratuito, las pérdidas son dolorosas,
el "fracaso" en este juego es la muerte, en sentido literal y figurado.
Pero quizá la más demoledora de todas es la proposición de que una vez
usando las sudaderas verdes, estaremos atrapados en una isla sin escape,
donde lo único que tenemos son las armas deshonestas disponibles para
nosotros en un sistema que no diseñamos ni decidimos, sino que nos fue
impuesto.
mision verdad/ Franco Vielma